Andrea, ahora que te veo ir de un árbol a otro para comprobar que la larga cuerda para equilibrista que amarramos esté fija y segura, veo tu emoción de niña como si tuvieras los mismos siete años que Clara, mi pequeña, a quien ayudas a subir a la soga en este malecón de Miraflores en pleno atardecer. Te recuerdo sentada en el frontis del local donde se realizó el sexto cumpleaños de mi hija. Vestías licra multicolor, polo arcoíris y escarchado. Tu cara pintada de mariposa con las alas desplegadas por ojos, pómulos y sienes, con uno de los dos cachos de tu cabello deshecho sobre el hombro. Contrastaba con la dulzura de tu disfraz que fumaras relajada, mirando el cigarro después de cada calada, convenciéndote de que aún tenías de dónde aspirar y siendo testigo de cómo llegué tarde a la fiesta de Clarita, tan solo para cruzarme contigo y ese pucho. Evoco tu regaño en son de broma: «Muy mal, señor. Es tarde. Ya terminó la fiesta»; yo parado frente a ti con mi regalo mal envuelto entre manos. En ese instante, me disculpé contigo en vez de hacerlo con Marielena —la mamá de Clarita— o con mi pequeña. Dije: «Cosas del trabajo»; la excusa más vieja del mundo. Y sonreíste, Andrea, porque eres una chica increíble, dispuesta a entender a los demás. Por eso te alistaste en una ONG, por lo mismo, construyes bibliotecas en barrios marginales. Me cediste tu cigarro casi muerto. Calé el pucho escuchando cómo los chicos de la minivan —el oso, los dos duendes y el pirata—, te daban el ultimátum antes de irse: «¡O subes o nos vamos!». Y se fueron. Y te pregunté: «¿Debería entrar?», me refería al salón de la fiesta. Miraste atrás, a tu espalda, a través de la puerta abierta. Te imité. Vimos a Marielena, su vestido verde impecable, su figura contorneada: había bajado de peso, frecuentaba el gimnasio desde que rompimos: tantos años ya. Estaba más guapa. No pocas veces me atreví a rememorar nuestras noches; incluso, la última donde, después de hacer el amor, Marielena fue y volvió del baño y ninguno de los dos dijo nada. Cuando volviste tu rostro hacia mí, Andrea, y dijiste: «Ya no hay razón para que entre, señor», entendí que era mejor optar por la retirada. Entonces, te paraste, sacudiste tu trasero, soltaste el otro cacho de cabello y te pusiste a andar. Yo fui tras de ti, sabía que toda esta confabulación de hechos daba pie a una historia de amor. Los siguientes días te pensé. Imaginé tu cara, cómo te verías sin la mariposa en el rostro, cómo luciría tu cabello peinado. Rememoré las pitadas que le di al cigarrillo de filtro coloreado de labial verde. Repasé tus labios tan chiquitos y simétricos. Y la ansiedad de volver a verte me iluminó: llamé por teléfono a Marielena. Tuve que excusarme por no dejarme ver en la fiesta de mi hija; no le interesó demasiado. Le comenté que quería hacerle otra fiesta a Clarita: una forma de subsanar mi fallo. Marielena accedió. Antes de colgar, le pedí el número del show infantil. Coordiné con la empresa donde trabajas, Andrea. El asistente me dio las fechas disponibles. Alquilé la terraza de un condominio para el evento. Llegaste con tu elenco; te vi a la distancia. Fueron al cuarto de servicio a disfrazarse. Quince minutos después, el show empezó. Te lanzaste al escenario con una energía tremenda, pareciera que los cigarros no afectaran en nada tus veintisiete años. Esta vez, tu vestimenta era otra, pero conservaste la mariposa en la cara, tu distintivo, un homenaje a tu madre, entomóloga, fallecida en un accidente, me lo contaste después, en nuestra primera cita. Casi para terminar el espectáculo, me llamaste al centro del salón para que diera el discurso de agradecimiento a los invitados. Me sonreíste, plena, escapando de tu personaje, haciéndome acordar de la chica del cigarro sentada en las escaleras, despeinada. Al acabar el show, uno de los duendes se acercó a entregarme una tarjeta donde el número del elenco estaba tachado: debajo aparecía tu celular. Me quedé mirándolo mientras los miembros de tu equipo ingresaban al ascensor. Ya cuando la puerta automática estuvo a punto de cerrarse, te oí gritar: «¡No olvide llamar!». Y lo hice al día siguiente. Durante la llamada, soltaste la lengua con naturalidad, encausando la conversación hacia la invitación al primer paseo. Así nos conocimos con los días y las veces que tú y yo ya no quisimos que regreses a tu casa. Todavía tengo presente cuando conociste a Clarita, el rostro de sorpresa de mi hija y su grito diciendo: «¡Guau! ¡Es el hada de mi fiesta, papá!». Te recordaba y tú te encargaste de reforzar la imagen pintándote la mariposa en la cara y vistiéndote igual que el día de su santo. Porque tú, Andrea, tienes esa magia tan poderosa que, si le pidieras a Clarita saltar al barranco prometiéndole alas, ella volaría agarrada de tu mano y yo no me quedaría atrás, brincaría con ustedes, me dejaría llevar. «¡Papá, mira!», llama mi pequeña. Se equilibra sola, sin ayuda, en la cuerda. Ha practicado tanto y por fin lo logra. Nunca te apartas de nosotros, Andrea, siempre estás ahí para sujetarnos, nos das alas.
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